La perforación es el final de un proceso, no el principio. Antes de mover maquinaria al sitio conviene tener claro qué hay debajo del terreno, qué necesita el proyecto y qué exige la normativa.
1. Un estudio hidrogeológico antes que nada
El estudio permite identificar la disponibilidad, la calidad y el comportamiento del agua subterránea en la zona. Con esa información se define la profundidad estimada, la metodología y el equipo adecuado, en lugar de perforar a ciegas.
2. Una visita técnica al sitio
En campo se evalúan los accesos, las condiciones geológicas y las necesidades reales del proyecto. De ahí sale un plan de trabajo con tiempos y recursos realistas, adaptado a las características del terreno.
3. La ruta de trámites, desde el inicio
Las gestiones ante la Dirección de Aguas y las demás instituciones se preparan con la información técnica del estudio. Ordenar primero la parte técnica evita repetir gestiones y reduce los tiempos de espera.
4. El mantenimiento también se planifica
Un pozo requiere mantenimiento preventivo y correctivo para sostener su rendimiento hídrico. Considerarlo desde el diseño protege la inversión a largo plazo.
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